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LEYENDA DE DOLORES RONDON INMORTALIZA EL AMOR.

La leyenda cubana de Dolores Rondón no es menos seductora que las historias de Teseo y Ariadna, Paris y Elena, Romeo y Julieta y otras muchas que cautivan al hombre desde tiempos inmemoriales y se reiteran cada día en el universo artístico y literario de la humanidad.

Sucedió en los albores del siglo XIX enla entonces Villade Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, una ciudad de hacendados ganaderos, negros esclavos y libertos, españoles, mestizos y criollos, situada a533 kilómetrosdeLa Habana.

Contado de boca en boca y reseñado por cronistas locales, ha llegado hasta nuestros días el recuerdo de una Dolores Rondón, criolla de pura cepa, cuya elegancia, picardía, desenfadada sonrisa y atractiva apariencia, colmaban con su encanto el barrio donde residía.

Los ojos llenos de admiración de los hombres seguían los pasos de la hermosa joven, hija de un comerciante catalán y de una mulata criolla, cuya residencia estaba cerca de una barbería, propiedad de un joven mulato llamado Francisco Escobar.

El lugareño barbero tenía, además de grandes habilidades con el peine y las tijeras, una notoria vocación por el verso, particularmente para la décima, una estrofa muy difundida en Cuba.

La gracia de Dolores prendió el fuego de una ardiente pasión en Escobar, quien a cambio de su amorosa solicitud, recibió indiferencia, desprecio, desesperanza y desamor, lo cual probablemente le inspirara melancólicas rimas ya borradas por el tiempo.

Una inmensa tristeza debió sentir el enamorado rimador, cuando su amada decidió contraer nupcias con un oficial del ejército español, que por aquella época sustentaba en Cuba el poder colonial.

Aquél matrimonio realizado quizás para elevar el rango social de la joven, fue muy breve, porque el esposo murió repentinamente, momento a partir del cual muy poco se supo de la desdichada viuda.

Años después, el nombre de Dolores Rondón apareció entre las pacientes del hospital para mujeres pobres que existía en el convento El Carmen de la villa y fue entonces que Escobar pudo hacer gala de su inmarcesible amor.

Aunque olvidado, había seguido siendo fiel a su pasión y al conocer que la mujer de sus sueños yacía enferma y desamparada en aquél hospicio, acudió en su ayuda y le prodigó toda clase de cuidados hasta verla morir, acaso entre sus brazos.

La memoria popular añade, que una fría mañana de algún año ignorado, los restos mortales dela Rondónrecorrieron la escasa distancia existente entre el hospital y el camposanto en su entierro pobre y solitario.

Algún tiempo después en el humilde tumba donde yace Dolores, apareció un epitafio en versos que la leyenda atribuye a Escobar y devino homenaje a ese amor objeto de la admiración de quienes visitan el cementerio local y anónimamente renuevan las flores y dan viva la leyenda.

Más allá de su original propósito, los versos de aquél poeta enamorado motivan en quien los lee una aleccionadora reflexión:

Aquí Dolores Rondón

finalizó su carrera,

ven mortal y considera

las grandezas cuáles son:

el orgullo y presunción,

la opulencia y el poder,

todo llega a fenecer

pues solo se inmortaliza

el mal que se economiza

y el bien que se puede hacer.

¿Quién fue aquél apasionado vate que dejó para la historia esa filosófica décima, esa advertencia llena de sabiduría donde se destaca cuán ingenuos son aquellos que cambian los verdaderos valores humanos por vanidades y afanes de riqueza o grandeza material?

¿Quién fue aquella mujer que estremeció con su excepcional belleza las calles adoquinadas dela llamada Villade Santa María del Puerto del Príncipe y llenó de desconsuelo el corazón del hombre que la inmortalizó?

Leyenda o realidad, la historia se sumerge en la niebla de los años, para integrase a las tradiciones de esta ciudad cercana al quinto siglo de existencia como un ejemplo permanente de que el amor cuando es verdadero, es inmortal.

Tmado de: “Crónicas Camagüeyanas”

Autor: Sergio Morales Vera