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El descifrador

Como un condenado a muerte, la hormiga daba vueltas dentro de la botella.

Mauricio cogió la pinza de cejas, se inclinó ante el espejo, giró la cabeza hacia donde la brújula señalaba el norte y realizó la compleja maniobra de apresar y arrancar de un tirón, el último pelo de su cabeza. Contempló su cuero cabelludo vacío, respiró hondo y gritó: ¡hurra!

Cruzó cuidadosamente los extremos del pelo y formó un lazo. Acostó la botella y esperó a que la hormiga caminara por el túnel de cristal hasta la boca; sabía que primero asomaría la cabeza con cierta timidez y antes de salir, miraría a los lados varias veces.

Cuando la hormiga sacó la cabeza, tomó las puntas del pelo y se puso al acecho. Justo en el instante en que ella miraba a los lados, con un rápido movimiento le colocó el lazo alrededor del cuello y haló los extremos con firmeza hasta verla patalear seis veces, sacar la lengua y quedar definitivamente quieta.

Finalmente, había logrado ahorcar a una hormiga. Siglos de búsqueda convergían en aquel instante supremo. Estiró los brazos como quien sale de un gran cansancio. En el rostro de su abuela una leve sonrisa parecía negar la muerte. Fue hasta el sillón donde ella acostumbraba a dormir la siesta, se recostó cómodamente y se dispuso a esperar a la felicidad.

 

Diez años atrás Mauricio era un estudiante de Medicina que luchaba desesperadamente por aprobar fisiologías y anatomías. Noche a noche deshojaba su juventud frente a los gruesos volúmenes, sin otro resultado que la conmiseración de los profesores y la burla de sus condiscípulos, quienes mientras él se derretía las neuronas, practicaban deportes o estrujaban a las novias en los pasillos más oscuros de la Universidad.

Repasó músculos y tendones hasta el día en que el Decano de la Facultad, sin mucho trámite, le comunicó que no admitían alumnos con las mismas asignaturas desaprobadas durante tres cursos y para respaldar sus palabras , le mostró una resolución ministerial.

Se marchó de allí maldiciendo al Decano, al Ministro y a sus compañeros de estudio, pero con el firme propósito de hacerse médico por cuenta propia, idea que consolidó cuando su abuela, enterada de la desagradable noticia, le llamó inútil, burro e imbécil, y luego continuó quejándose del sacrificio perdido intentando que él fuera un médico de prestigio, como fuera, Don Mauricio Tellería, el abuelo de ella.

A partir de ese momento, Mauricio se internó en la jungla de añejos libros de medicina que, guardados en el desván desde la muerte de su tatarabuelo, servían de nido a los ratones y de lecho al polvo de los años.

Casi sin comer ni dormir hojeó y rehojeó cada texto. Pletórico de entusiasmo y con la imaginación exacerbada por los dibujos de vísceras abiertas, huesos quebrados y rostros agónicos, aprendió diagnósticos erráticos y tratamientos primitivos, con los cuales alimentó la esperanza de tan médico como fuera, más de un siglo atrás, su lejano antecesor.

Aquella pasión de estudios anacrónicos le permitió enajenarse de los reproches de su abuela, quien de la mañana a la noche peleaba y peleaba, ahora porque ya no deseaba verlo convertido en médico, sino dedicado a un oficio cualquiera.

Él la escuchaba pacientemente, pero con la fe invicta, leía y releía, tomaba interminables notas, y convencido de su futuro éxito, descubría los placeres de una sabiduría perdida por la medicina actual.

Al cabo de dos años, terminó de repasar la biblioteca almacenada en el desván y colocó en la puerta de la casa un cartel, escrito con caligrafía primaria: “Dr. Mauricio, Médico Cirujano y Barbero”. Al ver aquél anuncio, la abuela elevó los decibeles de su cantaleta y le exigió quitarlo.

Él, defraudado por tan incomprensible tozudez, se encerró en el mutismo y la desolación, y a cambio, recibió una nueva andanada de reproches.

¿Por qué primero lo quería médico y luego no? Estuvo varias semanas dándole vueltas al asunto y llegó a la conclusión de que su abuela estaba loca, totalmente loca y la causa de su demencia era la infelicidad. No en vano se lamentaba tanto.

Iluminado por ese razonamiento, decidió emprender la búsqueda de la felicidad. Ese proyecto renovó su entusiasmo. Salió de la casa todavía sin saber cómo iniciar las pesquisas. Sus ojos, acomodados a la penumbra del desván se deslumbraron con el sol, pero siguió, enceguecido y tropezando, hasta llegar a la Biblioteca Central. Entró y preguntó a la recepcionista dónde podría encontrar información acerca de la felicidad, ella lo miró con sorna y le indicó que fuera al área de libros raros y valiosos. Recorrió con la mirada los enormes estantes repletos de obras olvidadas y presintió que en alguno de aquellos extraños volúmenes hallaría el secreto.

Así comenzó una larga búsqueda que lo llevaría a transitar durante dos años miles de hojas polvorientas. Leyó libros de parapsicología, yoga, espiritismo, santería, antiguas leyendas mesopotámicas, y de todo cuanto le pareció pudiera llevarlo a conocer la fórmula de la felicidad.

Cuando comenzaba a perder los bríos, encontró un desconcertante libro de lomo dorado y portada oscura, cuyo título, casi ilegible, le hizo renacer las esperanzas. En letras vencidas por el manoseo del tiempo, anunciaba: “Metódica del misterio de la felicidad”. De Abdulah Rajabick, El Descifrador.

Con el ardor adolescente, se adentró en la lectura de aquel texto mágico. Las primeras cien páginas describían misteriosos ritos, oraciones a dioses incógnitos y una retahíla de prácticas ejercitadas por tribus medievales, alquimistas de renombre y filósofos primitivos, todos desaparecidos en la incesante persecución de la felicidad.

Las manos temblorosas y los ojos ávidos de avanzar en la lectura, denunciaban su tensión frente al hallazgo que suponía le acercaba a realizar sus aspiraciones.

Solemnemente le comunicó a su abuela que estaba a punto de hallar la fórmula de la felicidad. Ella lo miró como a un insecto y se limitó a decir: “era lo que me faltaba”. Él interpretó esa frase como una prueba más de que estaba loca de remate a causa de la infelicidad.

Volvió a la Biblioteca y leyó con fruición otras cien páginas en las que aparecían oscuros teoremas creados por antiquísimos matemáticos de Babilonia, tablas astrológicas y tratados de benéficas infusiones, todo con fines similares, pero sin resultados. Estuvo allí, hasta que la bibliotecaria, amablemente, lo sacudió por el hombro, le retiró el libro y lo invitó a salir del salón.

A pesar del frío y la insistente llovizna pasó esa noche en el parque cercano. Cuando pudo entrar nuevamente al salón estaba poseído por una inquietante sensación de lujuria. No tuvo que pedir el libro, porque la bibliotecaria se le acercó y con voz de eco le dijo: “aquí tiene lo que busca.” No atinaba a hojear las páginas, una molesta picazón en la garganta le impedía concentrarse y, como el tambor de un ritual africano, su corazón parecía a punto de reventar.

Entre las páginas 201 y 276, halló decenas de mitos descritos por egiptólogos, mandarines y otros sabios defraudados en aquel propósito común. Con la boca reseca y la respiración agitada llegó a la 277. Cerró los ojos un instante para recobrar fuerzas y supo que estaba muy cerca de conocer la verdadera fórmula. En la primera línea, a manera de subtítulo, leyó: “Verdadera y única fórmula de la felicidad”. Le brotaron lágrimas y una húmeda tibieza le mojó los pantalones. Recorrió el salón con la mirada, temeroso de que alguien sospechara su descubrimiento, y como un avaro que esconde su tesoro, colocó el libro en una posición absolutamente desventajosa para cualquier curioso.

A partir de allí y hasta la página 299, el autor explicaba los detalles de la vida de las colonias de hormigas, la sabiduría de sus costumbres y la capacidad de estos diminutos seres de reencarnar en animales y humanos.

Finalmente, en la página 300, encontró el secreto milenario en pos del cual vivieron y murieron miles de sabios de todas las épocas: la fórmula consistía en arrancarse un pelo de la cabeza que al tomarlo estuviera orientado hacia el norte magnético, luego ahorcar con él a una hormiga y sentarse a esperar a la felicidad. Aquello le pareció tan sencillo y claro como el agua.

Esperó a que su rapada cabeza se poblara de abundante cabellera, obtuvo una brújula en una casa de antigüedades y comenzó a ejercitar la técnica de atar los pelos arrancados cuando su orientación coincidía con la de aguja magnética.

No le angustiaba el dolor, ni el creciente vacío de su cabeza, sino la dificultad de mantener atado el lazo, porque debido a su extrema flexibilidad, los pelos se desataban antes de que pudiera capturar a una hormiga.

Dos años atando pelos que se desataban le dieron suficiente destreza para un lograr el lazo. Con verdadero júbilo comenzó a capturar hormigas. La primera experiencia en esa práctica le ocasionó una gran urticaria porque fue a dar con unas muy pequeñas, rojizas, ágiles y sumamente agresivas. No obstante sin amedrentarse ante la masividad de las ronchas, continuó intentando ahorcarlas hasta que agotó el hormiguero. De las coloradas pasó a las negras, de éstas a las santanillas, a las termitas y a otras especies menos conocidas. Adentrándose en el aprendizaje de su comportamiento se convenció de la sabiduría de los estudios realizados por El Descifrador respecto a las costumbres de tales insectos y corroboró su innegable capacidad de reencarnación.

Descubrió que las hormigas son muy inquietas, fuertes, previsoras y gregarias, se defienden endemoniadamente, presienten las tormentas y tienen el cuello tan pequeño que casi siempre se acaba atándoles el vientre o las patas, por lo que al cerrar el lazo, apenas se logra destriparlas o despojarlas de dos o tres extremidades.

Mientras se quedaba calvo y la abuela mantenía invicta la cantaleta, pasaron cuatro años de búsqueda de hormigas y frustrados ahorcamientos. Extinguió las de la casa, del barrio, de los parques y hasta las de los vertederos.

Ya suficientemente diestro en capturarlas, y habiendo estado a punto de ahorcar a unas cuantas, comprobó que habían desaparecido. Aterrorizado regresó a la casa y se asustó mucho más al mirarse al espejo y ver que sobre su brillante calva un solitario pelo apuntaba hacia el sur.

Ese día ocurrió otra gran desgracia: su abuela resbaló en la cocina y se golpeó en la cabeza. Él trató de recordar los añejos conocimientos aprendidos en los libros de Don Mauricio, pero su mente estaba llena de hormigas y pelos enlazados, por lo que, antes de que su abuela pataleara seis veces, sacara la lengua y quedara definitivamente quieta, no pudo hacer otra cosa que maldecir al Decano.

Se arrodilló junto a ella y le acarició las manos, intentó abrirle los ojos, juró que ya no le importaba que peleara, porque aún así la quería muchísimo, le explicó que muy pronto le regalaría algo que siempre quiso tener. Entonces, recordó las teorías de reencarnación descritas por El Descifrador y tuvo la certeza de que allí estaba la clave del enigma. Pero, sin una hormiga a la cual ahorcar, nada podría hacer.

Alzó la mirada y recorrió las paredes sucias de la cocina, el techo mugriento, la vitrina desvencijada… De repente, sus ojos brillaron: Sobre la mesa del comedor había una botella y dentro de ésta un diminuto ser se movía inquieto.

-Tomado de mi libro  “El descifrador y otros relatos” publicado por la editorial “Montecallado” en el 2014

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