Archive for the ‘Crónicas Camagüeyanas’ Category

AGUSTÍN LARA Y CAMAGÜEY, CIUDAD CUBANA PREDILECTA DEL BOLERO

Entre las más de 70 canciones que hasta hoy fueron dedicadas, o que mencionan en sus letras a esta ciudad del oriente cubano, se encuentra “Camagüey”, del compositor mexicano Agustín Lara (1900-1970).

De acuerdo con el musicólogo Pedro Pimentel, el autor de Noche de Ronda debió haber sido seducido por los encantos de Camagüey entre 1939 y 1941, ya que por esa fecha tenía una residencia temporal en La Habana.

Tan impresionado llegó a sentirse el músico mexicano, que en la referida canción afirma: “Camagüey, bonito sabrosón, Camagüey, el golpe del tambor, va por mi vida sonando así: bom, bom, bom”.

Esa composición, agrega, fue grabada por el famoso cantante azteca Javier Solís, acompañado por el Mariachi Nacional de Arcadio Elías y se encuentra en los archivos musicales de la emisora local Radio Cadena Agramonte.

En el texto de su bolero este universal compositor afirma que el  ardiente sol que ilumina y calienta estas tierras, “brinca en el timbal y suena en el argot del viejo cornetín”.

Obviamente inspirado por la naturaleza local, Lara incluye una bella metáfora para referirse a un evento frecuente en esta región: el huracán, al cual describe “peinando el gris del cielo en tropical festín”.

Y como en la esencia del bolero vibra siempre una historia de amor, el compositor canta la suya en Camagüey así: “Ay, quién pudiera volver a saborear la miel que su boca entregó, quién pudiera estremecer su carne de mujer, dorada por el sol”.

Después continúa lamentando el romance perdido en los siguientes versos: “Por ella conocí los desengaños, por ella será eterno mi dolor, Sol, tú la viste llorar, qué desesperación”.

Vale apuntar que el hermoso texto de ese bolero está acompañado por una melodía de factura exquisita, interpretada magistralmente por Solís.

Para quienes han visitado Camagüey resulta fácil comprender las motivaciones de Lara y otros compositores que cedieron al influjo de esta ciudad, cuyo entorno colonial data de casi cinco siglos.

Con un enrevesado tejido de callejones adoquinados, residencias centenarias, acogedoras plazas detenidas en el tiempo, esta es una de las primeras siete villas fundadas en Cuba por el Adelantado Diego Velásquez.

A sus valores arquitectónicos suma una extraordinaria riqueza de tradiciones, leyendas, un patrimonio cultural que la distingue y un pueblo amable, alegre y amistoso que sabe ser un excelente anfitrión.

Testimonio de los entrañables e históricos lazos de amistad que unen a mexicanos y cubanos, el bolero tiene profundas raíces en el gusto musical de los camagüeyanos, quienes realizan cada año su versión del Festival Internacional Boleros de Oro que celebra la isla.

De ahí que nada tiene de extraño que Lara, al venir a esta parte de Cuba, viviera una experiencia tan bonita como para cerrar su bolero con estas palabras: “Sol, cómo voy a olvidar la divina emoción que me dio, Camagüey”.

Crónica publicada por Sergio Morales Vera en PL

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LEYENDA DE DOLORES RONDON INMORTALIZA EL AMOR.

La leyenda cubana de Dolores Rondón no es menos seductora que las historias de Teseo y Ariadna, Paris y Elena, Romeo y Julieta y otras muchas que cautivan al hombre desde tiempos inmemoriales y se reiteran cada día en el universo artístico y literario de la humanidad.

Sucedió en los albores del siglo XIX enla entonces Villade Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, una ciudad de hacendados ganaderos, negros esclavos y libertos, españoles, mestizos y criollos, situada a533 kilómetrosdeLa Habana.

Contado de boca en boca y reseñado por cronistas locales, ha llegado hasta nuestros días el recuerdo de una Dolores Rondón, criolla de pura cepa, cuya elegancia, picardía, desenfadada sonrisa y atractiva apariencia, colmaban con su encanto el barrio donde residía.

Los ojos llenos de admiración de los hombres seguían los pasos de la hermosa joven, hija de un comerciante catalán y de una mulata criolla, cuya residencia estaba cerca de una barbería, propiedad de un joven mulato llamado Francisco Escobar.

El lugareño barbero tenía, además de grandes habilidades con el peine y las tijeras, una notoria vocación por el verso, particularmente para la décima, una estrofa muy difundida en Cuba.

La gracia de Dolores prendió el fuego de una ardiente pasión en Escobar, quien a cambio de su amorosa solicitud, recibió indiferencia, desprecio, desesperanza y desamor, lo cual probablemente le inspirara melancólicas rimas ya borradas por el tiempo.

Una inmensa tristeza debió sentir el enamorado rimador, cuando su amada decidió contraer nupcias con un oficial del ejército español, que por aquella época sustentaba en Cuba el poder colonial.

Aquél matrimonio realizado quizás para elevar el rango social de la joven, fue muy breve, porque el esposo murió repentinamente, momento a partir del cual muy poco se supo de la desdichada viuda.

Años después, el nombre de Dolores Rondón apareció entre las pacientes del hospital para mujeres pobres que existía en el convento El Carmen de la villa y fue entonces que Escobar pudo hacer gala de su inmarcesible amor.

Aunque olvidado, había seguido siendo fiel a su pasión y al conocer que la mujer de sus sueños yacía enferma y desamparada en aquél hospicio, acudió en su ayuda y le prodigó toda clase de cuidados hasta verla morir, acaso entre sus brazos.

La memoria popular añade, que una fría mañana de algún año ignorado, los restos mortales dela Rondónrecorrieron la escasa distancia existente entre el hospital y el camposanto en su entierro pobre y solitario.

Algún tiempo después en el humilde tumba donde yace Dolores, apareció un epitafio en versos que la leyenda atribuye a Escobar y devino homenaje a ese amor objeto de la admiración de quienes visitan el cementerio local y anónimamente renuevan las flores y dan viva la leyenda.

Más allá de su original propósito, los versos de aquél poeta enamorado motivan en quien los lee una aleccionadora reflexión:

Aquí Dolores Rondón

finalizó su carrera,

ven mortal y considera

las grandezas cuáles son:

el orgullo y presunción,

la opulencia y el poder,

todo llega a fenecer

pues solo se inmortaliza

el mal que se economiza

y el bien que se puede hacer.

¿Quién fue aquél apasionado vate que dejó para la historia esa filosófica décima, esa advertencia llena de sabiduría donde se destaca cuán ingenuos son aquellos que cambian los verdaderos valores humanos por vanidades y afanes de riqueza o grandeza material?

¿Quién fue aquella mujer que estremeció con su excepcional belleza las calles adoquinadas dela llamada Villade Santa María del Puerto del Príncipe y llenó de desconsuelo el corazón del hombre que la inmortalizó?

Leyenda o realidad, la historia se sumerge en la niebla de los años, para integrase a las tradiciones de esta ciudad cercana al quinto siglo de existencia como un ejemplo permanente de que el amor cuando es verdadero, es inmortal.

Tmado de: “Crónicas Camagüeyanas”

Autor: Sergio Morales Vera

CAMAGÜEY: UNA CIUDAD PARA QUEDARSE

Una de las tantas leyendas de esta ciudad próxima a cumplir el medio milenio de fundada,  afirma que quien bebe agua aquí, aquí se queda.

Esa “agua”, a la que se refiere la tradición oral es “agua de tinajón”   una vasija de barro cocido que los artesanos locales rediseñaron hace siglos, tomando como modelo las que venían de España con aceites y otras mercancías.

El tinajón es un personaje protagónico de Camagüey, tanto es así, que a fuerza de posar en patios, parques, jardines, alamedas y en los más insospechados lugares, ha servido de motivo para que a esta ciudad se le llame “la ciudad de los tinajones”

Antiguamente y aún en muchas casas, esos recipientes de arcilla moldeada y horneada,  eran empleados para guardar el agua, recolectada mediante canales, que bajaba de los tejados en los nutridos aguaceros de la primavera cubana.

Ese vital líquido adquiría,  a la sombra de las enredaderas y los árboles de los patios interiores de viviendas y edificios civiles, militares y religiosos, una frescura particular,  capaz de lidiar con la ardorosa sed a que conducen los veraniegos días en esta tierra.

Más allá de lo que dice la leyenda, la realidad confirma que muchos de los que vinieron como visitantes fugaces, fueron tocados por la magia de los incontables encantos de la ciudad y de sus habitantes, y se quedaron.

Fundada en 1514, tuvo su primer asentamiento en la norteña Bahía de Nuevitas, bajo el título de  Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, pero luego,  por razones prácticas, fue trasladada tierra adentro, en dos ocasiones, hasta su actual ubicación mediterránea.

La situación geográfica de aquella villa, hoy Camagüey,  en el centro de la mayor llanura del país, abrazada por dos ríos y con temperaturas medias de 24 grados centígrados,  dan a su paisaje particularidades que lo distinguen del resto de las ciudades  cubanas.

A lo anterior se unen los aires coloniales que priman en sus calles, callejones, plazas, iglesias, edificios públicos, sus casas de grandes portales con enrejadas puertas y ventanas, que adornadas por el paso de los años, son una experiencia irrepetible.

Otros atractivos camagüeyanos son: una gran riqueza histórica, avalada por incontables acontecimientos fundamentales para la independencia cubana y su condición de cuna de  venerables próceres, entre los que sobresale el Mayor General Ignacio Agramonte (1841-1873)

La respetuosa hospitalidad de los hijos del Camagüey, gente educada y con un alto sentido de pertenencia, su patrimonio cultural donde se inscriben literatos como Gertrudis Gómez de Avellaneda o Nicolás Guillén, músicos como Jorge González Allué, o pintores como Fidelio Ponce, añaden razones para la admiración.

Tertulias de poetas, casa de la trova, compañías de ballet y de danza, numerosos grupos de música clásica y popular, artesanos artistas, pintores, galerías, teatros y una gama de expresiones culturales que desborda las expectativas, son también motivos del buen nombre de la ciudad.

A los tesoros arquitectónicos, históricos y culturales que forman el acerbo de esta ciudad se suman los miles de intelectuales, profesionales de todo tipo y gente simple que ama y se hace amar cada día

Por todo ello y volviendo a la leyenda, habría que preguntarse si lo de “agua de tinajón”  es sólo un poético eufemismo, para referirse a los seductores efectos que sobre el viajero ejercen el inefable encanto de esta ya casi pentacentenaria ciudad, y su maravilloso pueblo.

Tomado del libro “Crónicas camagüeyanas” de Sergio Morales Vera.